GRIS 610 CAP. 2 La segunda entrega de esta gran distopía (el capitulo 2 va acompañado del mismo soundtrack que el capítulo anterior)

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Capítulo 2

 

Me gusta ser un buen ciudadano, es por eso que suelo escuchar las conversaciones de los demás. En el transporte, viajaban detrás de mí una señora con su hija y su hijo, niños de alrededor de ocho y cinco años. La niña, de nombre Mileidi, vestía prendas de colores verdes y azules, característicos del festival. Mileidi le platicaba emocionada a su madre acerca de sus aventuras y diversiones en los juegos mecatrónicos de la feria.

–Mamá, mamá, ¿irastes el juego de la antenota súper grandisisísima?

Brallan, por otro lado, yacía hincado en el suelo jugando con su camión de telecomunicaciones y su satélite. Con la boca hacía efectos de sonido que llevaban su experiencia al siguiente nivel. Ruidosamente interactuaban los dos juguetes. El camión seguía al satélite y éste alumbraba al primero, ambos atolondrados por el divertido Brallan que los forzaba a colisionar una y otra vez.

Repentinamente el megabus se detuvo, las ventanillas se colorearon del cegador rojo y azul de las luces de la policía. En las sucias ventanillas se proyectaron las siluetas de personajes que caminaban a la parte frontal del camión.

Por la puerta delantera subieron dos policías portando sus grandes rifles de baja frecuencia. Bruscamente comenzaron a revisar a los pasajeros. Miedosamente levanté los brazos cuando los se postraron frente a mí. El policía, con sus sucios guantes de piel sintética, comenzó a tocarme el torso. Cuando sintió el frasco de plástico en mi saco, metió la mano a la bolsa, inspeccionó el bote de pastillas rápidamente y me dijo con un gutural tono de voz:

–Sí podría venir bajando del camión señor, por favor.

–Estoy en un tratamiento médico- respondí mientras temblando bajaba del camión. No escuché respuesta del policía que caminaba a mis espaldas.

La calle estaba envuelta en un caos. Civiles y policías pasaban corriendo por doquier. Pancartas de cartón y manchas de vómito cubrían gran parte del pavimento. “Los radicales de los atardeceres jamás harían algo tan intenso” –pensé temeroso– “se limitan a mandar correos y recaudar firmas”.

Al analizar a los manifestantes un poco más de cerca, me percaté de que el color de sus pancartas era gris 610.

En un parpadeo, mi visión, antes ocupada por la manifestación, cambió rotundamente al cielo estrellado, el hombro y la cabeza me dolían intensamente y un frío se había apoderado de mi espalda. Además, estaba siendo aplastado por un manifestante que, alterado por el incidente, pataleaba y exclamaba furioso. Rápidamente se levantó y, antes de que pudiera seguir corriendo, un policía le disparó al estómago con su rifle de baja frecuencia. El individuo cayó al piso retorciéndose y vomitando. Inmediatamente después varios policías lo tomaron por los brazos con fuerza, lo esposaron y lo introdujeron a una patrulla.

Lenta y doloridamente me levante del piso, pasé mi mano derecha por la parte de atrás de mi cabeza y la sentí mojada.

-Pu… ta madre- exclamé mientras apretaba con fuerza los ojos y arqueaba las cejas. “Caí en guácara” pensé. Miré mi mano con temor. Rojo, rojo sangre, alivio.

***

Gobernado por la señal del sistema de seguridad que después de cinco veces de intentar leer obstinadamente mi huella digital se percató que en efecto se trataba de mí pero con el dedo cubierto de sangre seca, el solenoide sonó su característico clic al abrir la puerta.

El departamento se iluminó automáticamente en tonos azules y blancos. Estaba sucio y desarreglado. La blanca alfombra tenía varias manchas de pintura, comida, tinta y jugo. La sala de entrada estaba convertida en un despacho de trabajo. Al centro, un escritorio portaba una vieja impresora rodeada de muchas hojas de papel empapadas de tinta negra. Cálculos matemáticos, dibujos, diagramas eléctricos, sumatorias, integrales, planos cartesianos, igualdades, desigualdades, recuadros enmarcando soluciones, rayones tachando errores, flechas, comentarios, manchas de tazas de café y demás distintivos del trabajo científico se mostraban en dichas hojas. Llaves y cucharas fungían como separadores de páginas en grandes libros que pisaban hojas arrancadas de cuadernos. Las doblaban de forma asimétrica. Un portalápices se balanceaba en la orilla posterior del escritorio a punto de caer. Varias plumas negras, plumones rojos, clips doblados en formas extrañas, desarmadores, llaves Allen, uno que otro instrumento de corte, un calibrador Vernier de acero inoxidable y una báscula de gancho de doce kilogramos eran albergadas en el cilíndrico receptáculo. Platos con migajas, tazas con café frío  y vasos con jugo seco en el fondo lograban asomarse entre todo ese vórtice de entropía.

A la derecha de la sala/estudio, se postraba la cocina. Desarreglada, con las gavetas abiertas y una olla con café hasta la mitad frío y quemado. El refrigerador albergaba principalmente bolsas de sándwiches prefabricados, botes de jugo de naranja sintético y algunos frascos de condimentos con fecha de caducidad excedida. Pequeñas cajas blancas con símbolos de desechos tóxicos y trasplantes de órganos yacían en el pequeño congelador.

La cama en la alcoba principal era un tanto rústica, constaba de una tabla de triplay de tres cuartos de pulgada apoyada en botes de pintura de un litro. Residuos de pintura se distinguían derramados y secos en los costados de las latas. Alrededor de la cabecera de la cama estaban tirados muchos libros, unos abiertos, otros cerrados, unos manchados de pintura, otros llenos de polvo. Cuadernos y bolígrafos reposaban abiertos y chorreados de tinta. En una esquina del cuarto, un altero de ropa sucia se desparramaba sobre una silla. Otra esquina ostentaba un pequeño montón de frascos vacíos de pastillas. Las paredes estaban pintadas de todos colores. Se distinguían trazos con las manos de colores azules turquesa y cian. Cerca del suelo se veían tonos verdes opacos y naranjas. El techo estaba cubierto por tonos violetas que formaba pequeñas gotas de pintura sólida al colgar en las zonas más cargadas de color. Alrededor de la ventana había tonos amarillos y blancos intensos que iluminaban los demás colores. Finalmente en la puerta, una sombra de negros asediaba lentamente a los demás colores tragándoselos en una inmensidad de grises marrones y cafés. La sucia alfombra blanca tenía manchas de todos los colores, muchas de ellas en forma de pies, rodillas o manos, otras correspondientes al goteo de los violetas del techo y una mancha grande de color café producto de la podredumbre de un derrame de agua que no fue atendido a tiempo.

La otra alcoba era usada de bodega y estaba cerrada con llave. Toda clase de instrumentos científicos, telescopios, osciloscopios, lentes, bobinas, generadores cohabitaban armónicamente en ese cuarto con varias cajas de frascos de plástico con pastillas, inhaladores y botes de pintura.

El baño era típico del estilo avant-neo-posmodernista. Sus curvos acabados blancos y su intensa luz blanca de las paredes iluminaban un mueble integrado de escusado tina y lavabo. Ese lavabo era completamente común salvo por el hecho de que en este momento, junto con el agua y el jabón, fluía sangre que, al mezclarse con los primeros, irradiaba un color gris pálido.

Moví uno de los espejos automáticos para poder ver la herida. No era muy profunda. El merthiolate dejó una mancha gris en mis dedos. Me aseguré de limpiar la sangre seca que se escondía debajo de mis uñas.

Mi reflejo me miraba atentamente. Las ojeras iban mejor y el color rojo en mis ojos había disminuido resaltando el café claro de mi iris. Recordé los ojos del anciano del festival, me negué a sobresaltarme de nuevo y decidí tomar una taza de café.

Sobre la estufa hay dos gavetas. Abrí la de la derecha y saqué la primera lata de café, la destapé, vacía, saqué la segunda lata de café, vacía también. Revisé el compartimento inferior donde están todos los aditivos jabonosos de limpieza cubiertos con una ligera capa de polvo. Los saqué y también la lata de café detrás de ellos. Me detuve un momento para desear que tuviera café esta tercera lata, la abrí, poco café, suficiente para unas cuantas tazas nada más. “Tengo que comprar más café” pensé. Vacié la olla con el negro café anterior en la tarja observando la coloración café obscura al pasar por el metal de abajo. La llené nuevamente de agua y le vacié un poco del contenido de la tercera lata. Prendí la estufa y volví a guardar los artículos en el compartimento.

La noche era clara, se podía ver sin problemas la osa menor y Casiopea. Al terminar mi café bajé de la azotea, busqué mi saco, saqué el frasco de plástico, me tomé dos pastillas y me dispuse a soportar las dos horas habituales de insomnio.

 

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