CAPITULO 1 DE LA NOVELA GRIS 610 DEL HOMBRE DEL RENACIMIENTO DEL SIGLO XXI PABLO ZETINA

Capítulo 1

Era un catorce de febrero, las luces y los colores de los carros alegóricos tenuemente se apagaban en

la tarde. La magna celebración del Día de la Redención estaba llegando a su fin. El sol empezaba a

ponerse sobre los cerros de Chimalpa, invitando a toda la gente a sentarse en las gradas y presenciar

el maravilloso festival óptico que estaba a punto de ocurrir. La gente, un tanto cansada pero

entusiasta, se posó frente al gran astro dispuesta a cerrar con broche de oro el fantástico día lleno de

felicidad y diversión.

El cielo radió su maravillosa gama de azules y violetas correspondientes a las longitudes de onda

más cortas. Uno que otro verde debido a las emisiones sintéticas del departamento de

embellecimiento de la ciudad que preparó formulas especiales para este día tan importante. Un poco

después, la dispersión del aire permitió ver la gama de rojos, naranjas y amarillos que dulcemente se

fusionaron en un gris intenso y hermoso con el que el sol terminó de dar su función.

-Los atardeceres ya no son como antes- afirmó un anciano sentado al lado mío con la mirada fija en

el horizonte y el arrugado ceño ligeramente fruncido.

Me pareció raro que fuera tan viejo uno de aquellos radicales que van en contra de los mecanismos

sintéticos de embellecimiento de los atardeceres,

 

Les quitan su identidad afirma ese tipo de gente.

–Luchando por la identidad de los atardeceres, ¿eh?- Le comenté al caballero.

– ¿Identidad?, ¿cuál identidad?, es un fenómeno meteorológico.

– ¿Entonces no le gustan los colores verdes?- Le pregunté deseando que me mirara a los ojos.

–Me gustan sin duda- y lentamente su mirada se cruzó con la mía. Su color de piel era ligeramente

obscuro, sus ojos eran grises. Nunca había visto unos ojos así, grises como un gris atardecer, el

mismo gris que me ha abrumado toda la vida, ese gris que tantos problemas ha provocado en mis

investigaciones ópticas. El gris de 610 nanómetros. El terrible gris que me ha quitado el sueño más

de una vez, el gris culpable de que ahora ella no está conmigo.

Sonreí nervioso.

–Los rosas me gustan más, por otro lado- Agregó mi acompañante y regresó su mirada al frente.

“Está loco”, pensé.

–Son muy bonitas las rosas sin duda- dije.

– ¡Los rosas!, los colores rosa- Agregó en voz un poco más alta. En ese momento recordé que la

noche anterior había escuchado acerca de los nuevos brotes de fiebre lingüística que estaban

surgiendo. Me alejé un poco por miedo a contagiarme.

–Ah, la gente ya no tiene memoria, ya nadie recuerda la gran pérdida que tuvimos.- Agregó el

anciano con perfecta dicción en una voz cubierta de desdén.

–Platíqueme, ¿de qué pérdida estamos hablando?- Le dije con un aire de indiferencia. Me

comenzaba a inquietar su actitud.

–El rosa, el color rosa, la cumbre global óptica y finalmente el proyecto 610. ¿Nada de esto le

recuerda algo?- Su voz, aunque incrédula, mostraba un ligero toque de esperanza. Yo no tenía idea

de lo que estaba hablando, pero el número 610 me sobresaltó como lo ha hecho desde hace siete

años. Cada vez que mi reloj marca las 6:10, cuando voy por la autopista 610, el 610 de am, placas

de automóviles, códigos de documentos, tamaños de archivos, distancias, medidas. No cabe duda

que tengo una fijación muy fuerte por ese número.

–No, nunca lo había escuchado. Incluso siendo yo una persona que vive del color- respondí.

–¿Es usted fabricante de pinturas?- Preguntó.

–¡Ha!, no, Bernardo García Hunts, investigador electromagnético.- Respondí deseando

ingenuamente que el anciano hubiera leído alguno de mis estudios o entrevistas. Le extendí la

mano.

–Y dígame profesor –su mirada regresó a mis ojos como una estocada– ¿cómo ha estado

últimamente en cuestiones de salud?

Me pareció un poco extraña su pregunta, retraje la mano y desvié la mirada fingiendo tranquilidad.

–De maravilla, hago ejercicio todas las mañanas y como bien- mentí.

–¿Y de salud mental?-

“¿Qué le pasa a este señor?” Pensé. “¿Qué es lo que sabe de mí?” Súbitamente recordé todas las

cosas que pienso que si las dijera en voz alta la gente creería que estoy loco. Pienso también en lo

feliz que sería si ella todavía estuviera conmigo. Pienso en el gris 610 y en cómo actúo al pensar

todo esto, cómo las manos me empiezan a temblar y empieza el cosquilleo en la nuca. No me gusta

que la gente me vea así, entonces finjo relajarme, pero creo que la gente se da cuenta de mi

actuación. Pueden llamar a la policía. “Tranquilo Bernardo, no estás confundido, esto es

perfectamente normal, no estás confundido”. Conté mentalmente cuántas pastillas me quedan en el

frasco amarillo que tengo en la bolsa del saco. “Cada vez estoy peor, mi condición ha llegado muy

lejos”. “Sabes que eso no es verdad, eres un adicto, ¡acéptalo!”. “Soy víctima del sistema”. “Pero

eres un hombre racional, sabes que puedes superarlo”. “Tengo que pensarlo”. “Bernardo, otra vez

estás discutiendo contigo mismo”. “¡Sólo responde la pregunta!”.

–De maravilla también- Respondí sin quitar la mirada del horizonte esforzándome para que mi tono

de voz pareciera natural.

–Me parece perfecto profesor. Hasta luego, tengo que irme- El anciano se levantó de las gradas con

un sutil gesto de enojo, me dio la espalda y desapareció en el negro de la noche. Metí la mano a la

bolsa de mi saco y sentí el frasco de plástico, pensé en abrirlo. Revisé que el anciano no me viera,

recordé que él ya había desaparecido, saqué el frasco, “Un par de pastillas. Te puedes dar ese lujo,

solo llevas cuatro hoy”. Abrí el frasco, saqué dos pastillas y me las llevé a la boca. En el momento

en el que mi laringe sintió pasar las pastillas empecé a sentirme más relajado.

Di un gran suspiro mientras descansaba mis ojos en el horizonte.

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